jueves, 4 de noviembre de 2010

Mi homenaje a una mujer, Nadia Ghulam.

Este fin de semana, junto con la entrevista a Rajoy, “El País” publicó otra entrevista que a mí me pareció además de mucho más inteligente, más real.

La historia de Nadia Ghulam, una muchacha que nació en Kabul (Afganistán) en 1985 en plena guerra civil. No tendría nada que la diferenciara de otras vidas de otras muchas mujeres afganas, si esta muchacha no hubiera ido más allá de todas las leyes de la Naturaleza y los propios hombres para dar un paso adelante y vestirse con once años de adulto, de forma anímica, sabiendo que tenía que ser ella la que protegiese y cuidase de una familia machacada por la violencia, una y otra vez.

En 1993 una bomba estalló en su casa y la desfiguró completamente la cara, estuvo en el Hospital medio año, en coma; sus secuelas siguen siendo visibles en su cara aunque después de 14 operaciones de estética la han mejorado bastante. Su hermano mayor murió en 1996, cuando los talibanes se hicieron con la victoria y las mujeres se convirtieron en perros fieles de sus amos, cubiertas por un burka, se las prohibió trabajar y salir solas a la calle. Muchísimas mujeres que se habían quedado solas, sin hijos ni maridos, se murieron de hambre por culpa de estas leyes. La familia de Nadia había perdido a su hijo mayor y su padre se volvió loco de dolor, no pudo volver a levantar cabeza; fue cuando Nadia decidió suplantar la personalidad del hijo fallecido y pasó a llamarse Zelmai porque debía alimentar a su familia.

Hasta los 16 años vivió convertida en hombre, trabajo de campesino, de pastor, recogiendo excrementos humanos para abono y excavando pozos. La vida le trató mejor cuando pudo colocarse de ayudante de un mulán en una mezquita y pudo estudiar el Corán.

De los comentarios que aparecen en el periódico, hechos por ella misma, hay algunos que me gustaría destacer por su crudeza y a la vez por su simplicidad y algunos hasta por su “no odio”. Uno de ellos era que a veces fumaba hachís con los talibanes que eran vecinos suyos y ella de nervios y miedo se escondía un rato a llorar y cuando volvía le decían “Has fumado demasiado, tienes los ojos rojos”. Tampoco critica demasiado a los talibanes: “con los muyahidin había mucha inseguridad y violencia; con los talibanes había leyes muy rigurosas pero si las seguías estabas seguro. Excepto si eras mujer”

Derrotados los talibanes cuando ella tenía 16 años, Nadia volvió a la escuela vestida de mujer pero sus compañeras no se lo pusieron fácil. Dice que muchas de ellas habían sido exiliadas y no habían pasado el conflicto; que su idea de la vida era estar bellas y poco más; los problemas de Nadia y su aspecto las horrorizaba y la rehuían.

Llegó la guerra de EEUU y, con ella, cientos de periodistas que se interesaron por su historia y la mostraron al mundo como si fuese un animal de circo y ella no tuvo más que dejarse porque necesitaba sacar adelante a su familia y fue una buena manera. Incluso en su historia se basó una película a la que ella asistió, sin quererlo, y la hizo un daño indecible.

Hace cuatro años vive en Badalona viviendo con una familia, se ha sometido a una última operación. Sigue vistiendo de manera bastante masculina, pero ella lo que siempre busca es comodidad y calor. Cuando llegó la llevaron a hacer terapia y ella lloraba y le decía a su psicóloga que no quería ser mujer, que quería ser independiente. Claro que la terapeuta la decía que aquí las mujeres también somos libres. “Ahora me gusta ser mujer”.

Ha escrito un libro junto con una periodista catalana, “El secreto de mi turbante”, en el que narra su historia y además ha ganado el Premio Bertrana con 42 mil euros, que se han repartido las dos. También trabaja con el equipo que está produciendo un documental que narrará su vida actual, el cambio que ha hecho y los golpes de distancia, tanto geográfica como social, que sufre cuando va a Afganistán a ver a su familia. Colabora como voluntaria en una ONG, de traductora.
Aún con todo el tiempo que lleva aquí, se siente fuera de lugar; España no es su sitio pero aquí está bien aunque se acuerda muchísimo de los suyos, pero cuando está en Afganistán echa terriblemente de menos a su familia adoptiva y poder ser una mujer libre; es más, cuando se tiene que poner la niqab, le resulta totalmente incómoda, la moral se le cae a los suelos y llora. Por eso quiere formarse, ir a la universidad y volver a su tierra, tiene fé ciega en que podrá ayudar a cambiar su país, “con mucha educación y estudio”, se podrán arreglar los problemas que anidan en un país víctima de conflictos encarnizados desde hace tantos años que lo han hecho caótico y encima dividido en tribus que parece que no quieren enterrar las armas.

Todavía nos parece increíble seguir escuchando estas historias, cuando hace un par de semanas en los telediarios saltó la noticia que en Afganistán, ahora mismo, muchas niñas siguen siendo disfrazadas de hombre por sus padres, para que puedan estudiar. Allí, la libertad de la mujer sigue siendo tan irreal como que las traten con la dignidad con la que se debe tratar a todos los seres humanos. Muchos hombres las tratan peor que a sus perros.

Miro hacia su país, miro hacia el mío y me estremezco, aún con todo el camino que nos queda aquí por recorrer... ¿Por qué las mujeres hemos sido degradadas, en muchos casos, hasta la categoría de “cosa”? Sociedades enteras que se basan en esclavizar tanto nuestro cuerpo como nuestra mente, sumiéndonos en el analfabetismo, sus leyes/apisonadoras y en el afán de hasta borrarnos el rostro o sometiéndonos a la docilidad cubriendo nuestro pelo y haciéndonos creer que hay un dios capaz de pedir todo ese sacrificio SOLO A LA MUJER y además HOMENAJEARLO. No lo entenderé jamás.

Desde aquí mi homenaje a una mujer fuerte y valiente: NADIA GHULAM. Una mujer grande que ha sabido aprender de su mal destino y no dejarse convertir en víctima. También alargo mi homenaje a todas las demás mujeres anónimas que tampoco se han dejado doblar por la adversidad.

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